Vinicius llegó al punto de penalti del Santiago Bernabéu con otra historia que contar. Dos veces en la misma noche, dos veces el mismo ritual: ese pequeño saltito en la carrera, los pies despegando del suelo un instante y los ojos fijos en Remiro hasta el último momento. Dos esquinas, dos goles y una deuda saldada.
Al otro lado, Aramburu, el lateral venezolano que lleva ya tres penaltis cometidos contra el brasileño en Liga —el primero en Anoeta la temporada pasada, en la victoria del Madrid por 0-2— y que, como quien toca un cable pelado sin aprender la lección, volvió a caer en la trampa de un hombre que genera electricidad con solo una mueca.
Que Vinicius no era el especialista desde el punto de penalti era un secreto a voces. Desde la marcha de Benzema, asumió ese rol con más vocación que convicción. Se diluyó con seis lanzamientos la temporada pasada con dos errados, y este curso un gol y un fallo que escocía. Mbappé, convertido en el ejecutor nato del vestuario, acumula 12 de los 15 convertidos en los 17 penaltis que ha obtenido el equipo esta temporada. Solo un borrón. Pero cuando el francés no está, alguien tiene que ser el verdugo. Y Vinicius decidió, por fin, presentarse al cargo con algo nuevo bajo el brazo.
Ese algo tiene nombre y tiene dueño: Jorge Luiz Frello Filho, más conocido como Jorginho. El centrocampista ítalo-brasileño lleva años desconcertando porteros con un mecanismo tan sencillo como inquietante. Un pequeño salto dentro de la propia carrera de aproximación, un instante en que ambos pies abandonan el suelo, el tiempo justo para leer hacia dónde cae el portero y dirigir el disparo al lado contrario. No es una ‘paradinha’, no infringe ninguna regla. Es un truco de ilusionismo con pasaporte reglamentario. Ante Remiro, funcionó a la perfección en ambas ocasiones. El portero realista solo adivinó el lado en el segundo, pero Vini ajustó bien.
